TEJIENDO SU PLAN

**GABRIELE**

—No va a aceptar, Gabriele. Estás estirando la cuerda demasiado. Esa joven tiene mala fama.

—¿Qué se dice de ella?

—Es libertina, le gusta malgastar el dinero, es arrogante e indomable. Te dejará en la ruina también. Alessio caminaba de un lado a otro en mi oficina de Milán. El sol de la tarde golpeaba las paredes de mármol, pero el aire acondicionado mantenía el ambiente a la temperatura que a mí me gustaba: helado.

—Me gusta, la domaré —respondí, sin levantar la vista del informe de auditoría de los Laurent.

—Es una chica de dieciocho años, no un activo financiero. Su hermano mayor es un hueso duro de roer y el segundo es un maldito salvaje. Te van a escupir en la cara. No digas después que no te lo advertí. Dejé el bolígrafo de oro sobre el escritorio de cristal. El golpe seco resonó en el silencio. Miré a mi primo, arqueando una ceja.

—Su deuda asciende a cuarenta millones de euros, Alessio. En tres días, sus hoteles boutique y sus viñedos históricos pasarán a ser propiedad del Estado. A menos, claro, que mi firma compre el total de las acciones esta misma noche. No tienen salida.

—¿Y todo por una foto? Eres increíble.

—Alessio soltó una carcajada tensa, apoyándose en el borde de mi mesa—. Vi la revista que dejaste en el jet. Es hermosa, no te lo niego. Fuego puro. Pero hay miles de mujeres en Europa dispuestas a meterse en tu cama sin necesidad de provocar una guerra internacional con la élite francesa.

“No entiendes nada.”

Me levanté, ajustándome los puños de la camisa a medida. Caminé hacia el ventanal que miraba a la ciudad. En mi mente no estaba Milán, sino el rostro insensato y altivo de Nataly Laurent. Esos ojos me habían desafiado desde una estúpida portada de sociedad. Una fiera que necesitaba un dueño.

—Las mujeres que se ofrecen no me interesan —sentencié, con la voz plana—. Quiero a la que cree que no tiene precio. Ya quiero verla en persona.

El teléfono sobre el escritorio vibró. El nombre de Jean-Luc Laurent parpadeó en la pantalla. Alessio y yo nos quedamos en silencio, mirando el aparato.

—Es el hermano —susurró mi primo, cruzándose de brazos—. ¿Vas a responder?

—No. Deja que suden un par de horas más. Que entiendan que, cada minuto que pasa, el apellido Laurent vale menos.

—Eres un maldito demonio, Gabriele. Bianca llamó esta mañana, por cierto —soltó Alessio, cambiando de tema con malicia—. Se enteró del bloqueo a los franceses. Sabe que hay algo más detrás.

—Mi exesposa ya no tiene voz ni voto en Valtieri Corp. Que se limite a gastar su pensión.

—Te conoce. Sabe que cuando te obsesionas con una presa, no te detienes hasta verla sangrar. Y créeme, no se va a quedar de brazos cruzados viendo cómo metes a una jovencita en tu residencia.

—Que lo intente.

La puerta de la oficina se abrió sin previo aviso. Mi secretaria entró, pálida, sosteniendo una tableta electrónica.

—Señor Valtieri, disculpe la interrupción. El emisario que enviamos a la Costa Azul acaba de mandar una actualización de último minuto.

—Habla —ordené, dándome la vuelta.

—Los hermanos Laurent acaban de abordar un vuelo privado con destino a Milán. Pero no vienen solos. Una sonrisa helada se dibujó en mis labios.

—¿Traen a la niña? —preguntó Alessio, enderezándose. La secretaria tragó saliva, mirando la pantalla antes de levantar la vista hacia mí.

—Sí, señor. Pero el informe dice que la señorita Nataly causó un altercado en el aeródromo. Intentó fugarse antes de subir al avión.

“Perfecto. Me gustan difíciles.”

 —Prepara la sala de juntas principal para mañana a primera hora —le dije a la secretaria, descartando el asunto con un gesto—. Y asegúrate de que el contrato matrimonial esté impreso y listo para la firma.

—¿Matrimonial? —Alessio me miró como si me hubiera vuelto loco—. Gabriele, dijiste que querías su rendición legal, no un anillo.

—Para domar a una rebelde, Alessio, hay que encadenarla con un contrato del que la ley jamás la deje escapar. Mañana por la mañana, Nataly Laurent sabrá lo que es pertenecerle a un Valtieri.

La secretaria asintió tímidamente y salió de la oficina a toda prisa, cerrando la puerta tras de sí con un clic ahogado.

Alessio soltó un bufido, pasándose una mano por el cabello antes de clavar sus ojos en mí.

—Te estás metiendo en la boca del lobo, Gabriele. Una cosa es absorber una empresa al borde de la quiebra y otra muy distinta es arrastrar a una mocosa rebelde al altar por puro capricho. ¿Qué sucede si te hace un show público?

—No lo hará —respondí, sirviéndome dos dedos de whisky puro—. Su orgullo es grande, pero el peso de su apellido es mayor. Jean-Luc la obligará a firmar si eso salva sus viñedos. El dinero pesa más que los sentimientos.

—¿Y si ella prefiere ver el imperio de su padre arder? —insistió mi primo, dando un paso hacia mí—. Vi el reporte de su altercado en el aeródromo. Esa chica no es una sumisa aristócrata lista para ser una pieza de ajedrez. Tiene fuego en las venas.

—Entonces me encargaré de apagarlo.          

“O de avivarlo hasta que nos consuma a ambos.”

El teléfono de la oficina volvió a repicar, rompiendo la tensión en el aire. Esta vez no era el número de los franceses. En la pantalla se leía el nombre de mi madre, Alessandra.

Alessio soltó una carcajada seca al ver la pantalla. Realmente, las coincidencias existen, ya que el nombre de mi amigo es muy parecido al de mi madre; hasta pensaría que es algún hijo perdido.

—Vaya, parece que las malas noticias vuelan rápido. Tu exesposa ya fue con el chisme.

Deslicé el dedo por la pantalla y puse el altavoz. No tenía paciencia para rodeos.

—Madre —dije a modo de saludo.

—¿Es cierto, Gabriele? —La voz de mi madre sonó gélida, cortante, con ese tono aristocrático que usaba cuando iba a desatar una tormenta—. Bianca me acaba de decir que estás destruyendo a los Laurent por una chiquilla de dieciocho años. Dime que es un invento de ella.

—Bianca debería preocuparse por sus propios asuntos —respondí, manteniendo mi tono imperturbable—. Lo que hago con Valtieri Corp es mi maldita decisión.

—¡El linaje de esta familia no es un juego! —exclamó ella, elevando la voz—. Necesitas un heredero legítimo, una mujer de tu posición, no una francesa insolente que apenas dejó la escuela. Los Valtieri no compran esposas en subastas de quiebra corporativa.

—Compro lo que me place, madre. Y mañana a esta hora, la señorita Laurent será mi prometida. Acostúmbrate a la idea.

Corté la llamada antes de que pudiera replicar. Lancé el aparato sobre el escritorio.

—Tu madre no se va a quedar quieta, y Bianca menos —advirtió Alessio, cruzándose de brazos—. Van a hacerle la vida imposible a esa niña en cuanto pise Milán.

—Que lo intenten. Si Nataly es tan fiera como demuestra, tendrá que aprender a defenderse en mi mundo.

Me tomé el whisky de un solo trago, sintiendo el calor quemarme la garganta. Caminé de nuevo hacia el ventanal. La noche empezaba a caer sobre Milán, tiñendo los rascacielos de sombras oscuras y peligrosas.

“Mañana.”                                           

Mañana la tendría cara a cara. Quería ver esos ojos insolentes llenarse de rabia al darse cuenta de que su libertad se había terminado. Quería escuchar su voz maldiciéndome mientras estampaba su firma en el papel que la ataría a mí para siempre.

—Alessio —llamé sin darme la vuelta.            

—¿Qué?                     

—Diles a los guardias de la entrada que mañana no quiero retrasos. En cuanto el auto de los Laurent llegue, los quiero en mi oficina inmediatamente. No la hagan esperar. Quiero que sienta el peso de esta torre desde el primer segundo.

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