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**NATALY**
—¡Que te bajes de esa maldita mesa, Nataly! —El grito de Mathias apenas logró competir con los graves de la música electrónica. Siempre arruinando mi mejor momento. Me soplé un mechón de pelo de la cara, balanceando la copa de champán. El viento de la Costa Azul nos pegaba directo en la terraza del club, pero yo solo sentía el calor del alcohol. ¡¡Que viva la vida!! gritaba con el calor del momento y, como el buen vino, quemaba mi garganta.
—¡Oblígame, hermanito! —le respondí, riendo antes de empinarme el cristal. El líquido dorado me hacía volar; me sentía una pluma. Chloé, sentada en la zona VIP de abajo, me aplaudía con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. A su lado, un tipo trajeado que no había visto en mi vida no me quitaba la mirada de encima. Me molestó.
“¿Quién carajo es ese y por qué me mira como si fuera su cena?” Me bajé de un salto, tambaleándome apenas un milímetro. Mathias me agarró del antebrazo con una fuerza que me hizo parpadear. Estaba pálido. No era su habitual cara de hermano amargado; esto era otra cosa. Qué me importa a mí; lo que me interesa es divertirme.
—Nos vamos. Ahora mismo —sentenció, tirando de mí. —Suéltame, Mathias. Me estás lastimando —le espeté, zafándome de un tirón—. ¿Qué te pasa? Si es por la cuenta del club, dile a Jean-Luc que la pague. Para eso es el director, ¿no? Si yo no gasto el dinero, ¿quién lo hará?
—Jean-Luc está reunido con los abogados de los italianos, Nataly. No hay dinero. No hay cuentas. Nos bloquearon toda esta mañana. Estamos en la ruina, ¿lo entiendes por una maldita vez? El aire se me congeló en el pecho. Escuché mal.
—¿De qué hablas? —De que estamos quebrados —escupió Mathias, mirando a todos lados como si las paredes tuvieran ojos—. Los viñedos, los hoteles boutique… todo está congelado por una orden de embargo. Alguien compró nuestra deuda externa en un chasquido de dedos. Nos tienen del cuello. Y tú divirtiéndote, gastando lo poco que nos queda.
—Eso es imposible. Papá dijo… No, eso es imposible, somos millonarios, ¿cómo se terminaría el dinero?
—Tu papá no sabe nada porque si se entera, le da un infarto —me interrumpió Chloé, acercándose con pasos felinos y la pantalla de su teléfono encendida—. Miren esto. Acaba de salir en las noticias de finanzas.
Le arrebaté el celular. La pantalla mostraba la foto de un hombre de facciones duras, ojos grises como el granizo y una postura que irradiaba un poder asfixiante. El titular era un golpe bajo: “Valtieri Corp. ejecuta el bloqueo financiero de Les Industries Laurent. El gigante italiano reclama el control absoluto”.
—¿Gabriele Valtieri? —leí en voz alta, sintiendo un escalofrío ridículo—. ¿Quién demonios es este tipo? ¿Cómo permitiste esto? —reclamé, golpeando en el hombro a mi hermano.
—El hombre que tiene tu apellido en su bolsillo —susurró Chloé. Su tono pretendía ser solidario, pero noté el brillo de anticipación en su mirada.
—No le vamos a rogar a un italiano engreído —dije, apretando los puños—. Jean-Luc encontrará una salida. Siempre lo hace.
—Esta vez no, Nataly —la voz de Mathias sonó rota—. El bufete de Valtieri mandó un emisario. No quieren refinanciar. No quieren acuerdos de pago. El tipo quiere una reunión privada.
—Pues que vayan tú y Jean-Luc a París a cerrarle la boca.
—Es que no quiere hablar con nosotros. Mathias me miró con una mezcla de lástima y terror que me revolvió el estómago. Di un paso atrás, buscando el apoyo de la barandilla de la terraza. El sitio de abajo se veía oscuro, peligroso.
—¿Entonces? —exigí, con la voz temblando por primera vez.
—El emisario fue muy claro, Nat. Valtieri solo se sentará a firmar el rescate de la familia si tú estás en esa mesa. Te quiere a ti. En Italia. Mañana por la mañana.
“¿A mí? Ni siquiera sé quién es”.
Miré de reojo el teléfono de Chloé. El rostro gélido de Gabriele Valtieri parecía devolverme la mirada desde la pantalla, como si supiera exactamente que ya estaba atrapada. Esto no es posible, ¿qué diablos haré? No sé nada de negocios, mis estudios son mediocres, mejor dicho, nulos; siempre compro mis notas. Esto es una pesadilla, ¡Dios, por qué me castigas!
—Amiga, tranquila, todo esto se solucionará.
—Es mejor que nos vayamos de aquí. Lo hablaremos en casa. —dijo mi hermano; se veía su rostro cansado.
—Me siento mareada; más vale que esto sea una maldita pesadilla.
Mi hermano, al verme tambalear, me suspendió en sus brazos; ahora sí sentía que volaba por los aires. Lo escuchaba quejarse; mi amiga corría delante de nosotros despejando el camino. Al depositarme en el auto, ella se sentó a mi lado; mi hermano conducía.
—Tranquila, amiga, todo se va a solucionar. Mi padre está ayudando a tu hermano mayor.
—Quiero que esto sea una pesadilla, al despertar todo vuelva a ser normal.
Mis ojos estaban cerrados porque ni siquiera podía mantenerlos abiertos; me excedí con la bebida y el mundo a mi alrededor giraba sin control. Sentía las suaves caricias de mi amiga en mi cabello, un gesto de consuelo que me hacía sentir un poco más tranquila en medio del caos interno. Su presencia era un ancla en ese momento de vulnerabilidad, y aunque apenas podía articular palabras, sabía que estaba ahí para cuidarme.
—Llegamos, es mejor que mi padre no la vea en este estado. —Escuché decir a mi hermano, pero no podía abrir mis ojos.
—Llevémosla por la entrada de servicio; a esta hora todos han de estar dormidos. —dijo mi amiga.
Al rato sentí la suavidad de mi cama; sonreía plácidamente como si a mi alrededor no existiera nadie. En eso escuché algo que realmente no podía asimilar.
—Eres un dolor de cabeza, Nataly, me alegro de que estén en la ruina; por fin Dios escuchó mis plegarias. No era justo que tú lo tuvieras todo mientras que yo tengo que limpiarles los zapatos para que suelten una limosna, mi padre por años siendo el perro de tu familia. Pero ahora todo cambia. —Tiene que ser la bebida que me causa alucinación; ella no es mi amiga, es algo de mi imaginación. Con ella me llevo bien, nos queremos mucho, siempre me cuida y hace todo por mí.







