Todo se hizo cómo el señor Demián había ordenado; apenas entramos a la casa, Mad le ordenó a Madame Mariel dejar la casa inmediatamente, y luego de algunas cortas llamadas, llegaron varios autos negros. De ellos bajaron un puñado de hombres, se apostaron con discreción en torno y fuera de la casa.
Yo permanecí en la sala, sentada en el suelo. Mirando cómo un hombre de traje colocaba diminutas cámaras por doquier.
No sabía qué sucedía allí, pero no me gustaba. De hecho, me inquietaba más que