Entré a la casa con los restos de mis panties en una mano, y mi vergüenza en la otra. Permanecí un momento en la oscura sala, mirando a través del muro de cristal cómo el señor Demián entraba al Rolls Royce y arrancaba para después desaparecer calle abajo.
Realmente era un tipo malo, pues mientras me entregaba a él, me había dicho descaradamente que se iba a cenar con su prometida, y después dormir con ella.
—¿Livy? ¿Eres tú?
Con un respingo me di la vuelta. En lo alto de las escaleras est