La niña no la tomó; simplemente lo observó sin pronunciar palabra. “¿Todavía está molesta conmigo?”, pensó Alejandro. “¿Será que heredó ese gen obstinado de su madre? Ojalá no sea tan difícil de contentar…”
Queriendo arreglar la situación, se agachó para quedar a su altura y, con voz suave, dijo:
—Lo de esta mañana fue culpa mía: por mi culpa se te cayó el biberón y se ensució. Lo siento mucho, Alba. ¿Podrías perdonarme?
La pequeña siguió en silencio, con esa expresión pensativa. En realidad, aú