Se dio la vuelta y regresó a donde estaba Luciana, reprimiendo la rabia y la tristeza que se acumulaban en su pecho.
—¡No llores más! —ordenó, con una voz tensa—. Es solo un pastel... ¡te lo compro, te compro lo que quieras!
Pero Luciana, como si no hubiera oído sus palabras, se levantó de un salto. No lo miró, no lo reconoció, simplemente siguió caminando en línea recta.
Juan y Simón, al ver la escena, rápidamente bajaron la mirada, pretendiendo no haber visto nada.
Alejandro, furioso, apretó l