El destinatario de aquellas disculpas y agradecimientos, el señor Guzmán, pasó la noche encerrado en el despacho.
Sacó de un cajón los cigarrillos que llevaba meses sin tocar y descorchó una botella.
No podía hacer otra cosa.
Había logrado aparentar calma mientras veía marcharse a Luciana y a Alba, pero, a solas, ya no era capaz de engañarse.
Su partida le había abierto un boquete en el pecho.
Dolía y, al mismo tiempo, lo dejaba vacío.
Necesitaba la anestesia de la nicotina y el alcohol para sen