Ella no entendía qué pretendía Mateo.
Pero tampoco quería quedarse allí esperando su destino.
Canario dorado, ave enjaulada, trofeo... nada de eso le convenía.
No lo deseaba.
Mateo la observaba; ella estaba alterada, a la defensiva y recelosa con él.
Frunciendo el ceño, dijo:
— Lucía, entiéndelo bien: eres mi esposa legalmente. ¿Cómo puedes llamarte a ti misma mascota? Estar conmigo es algo completamente normal.
Antes también estaban juntos así y nunca la había visto tan alterada.
¿Qué había cau