Vlad se la pasó regañándome todo el camino de regreso a casa. Yo estaba a nada de darle un golpe en la boca para que se callara de una maldita vez. Claro, como él aún no conocía al amor de su vida, por eso actuaba como un imbécil.
—¿Si me estás escuchando? —me preguntó.
Asentí de inmediato, pero no lo miré; mirarlo equivaldría a muchos más regaños.
—Repite lo que te dije —me ordenó.
Lo miré y maldije. Lo iba a lanzar fuera del coche en marcha, ya después le inventaría algo a su familia.
—Deja d