C34 - ALIVIO Y PLACER
Santiago se sentó frente a ella en la cama y estiró la mano, sus dedos rozaron el borde de la blusa ahora húmeda.
—Yo puedo aliviarte ese dolor, güera. Déjame ayudarte.
Emma tragó saliva fuerte, con el cuerpo tenso. Abrió la boca para negarse, pero las palabras no salieron y, aprovechando su duda, Santiago metió dos dedos bajo la tela y bajó la blusa despacio.
El pecho izquierdo quedó al aire, lleno, hinchado, la piel tirante y el pezón rozado, mojado por la leche que escap