Camila estaba de malhumor, y ahora con la llegada de ese hombre se puso peor. —¿Perdón? ¿Y usted quien se cree que es para venir a darme órdenes a mi lugar de trabajo? —cuestionó con evidente furia al momento que levantó la vista.
Pero luego guardó silencio al toparse con la mirada de aquel hombre al que esta misma mañana como despedida le había gritado unas cuantas palabras ofensivas, creyendo que jamás volvería a ver a ese maldito con el que se acostó aquella noche cuando alguien puso una sustancia en su bebida
—¡No, no puede ser! ¿Este maldito hombre qué está haciendo aquí? —se pregunta ella en su mente al ver de quien se trata esa voz.
—¡Vaya! Es la misma puta de la noche anterior, donde me la vine a encontrar trabajando como una santa inmaculada que no quiebra ni un tan solo plato en su casa, pero lo que nadie sabe es que te echas la vajilla completa, ¿verdad?
—Mire viejo, en primer lugar, me respeta porque yo no soy una puta, ya se lo dejé claro y también se lo logré comprobar a