Anastasia estaba nerviosa. Había leído muchas novelas donde la suegra odiaba a la mujer de su hijo y ella no quería ser una nuera despreciada.
—Está bien, así lo haremos. —el señor Nataniel, prefiere seguirle la corriente, porque llevarle la contraria significaría otra discusión.
—¿Y si me piden que les muestre mi ropa para… para ver si es adecuada para que la use la cuidadora de un millonario? —Preguntó ella muy preocupada, pues ni siquiera eso trae y teme que no le crean su mentira.
—Tienes que usar ropa que te llegue por debajo de la rodilla, nada de enseñar pierna porque ellos son evangélicos y no te lo van a permitir.
—¡Jesús bendito! voy que me muero de los nervios, siento que el corazón se me va a salir por la boca de tanto que está saltando—. Confesó.
—Yo también estoy nervioso porque temo que te echen de la casa. Debes de estar lo más relajada que se pueda, o te irá peor porque ellos sabrán que no eres la adecuada para cuidar de su adorado hijo.
El señor Nataniel le dio la