5

Una semana es suficiente tiempo para que dos extraños aprendan a compartir un espacio sin tocarse.

Valentina lo había descubierto con la precisión silenciosa de quien hace un experimento que nadie le pidió: Máximo salía a las siete y cuarto, regresaba entre las nueve y las diez de la noche, y en el tiempo intermedio el penthouse era enteramente suyo, con sus plantas que crecían sin florecer y sus ventanales que miraban a la ciudad como si la ciudad les debiera algo. Ella había instalado su tableta y sus lápices digitales en el extremo izquierdo de la mesa del comedor, que era lo suficientemente larga como para que hubiera territorio neutro entre su zona de trabajo y la existencia ordenada del resto del departamento. Trabajaba con audífonos. Comía a horas irregulares. Había encontrado el azúcar —estaba en el segundo cajón de la derecha, detrás de las especias, en un lugar que solo tenía sentido si uno nunca usaba el azúcar y por lo tanto no necesitaba tenerla a mano—, y esa pequeña victoria le había proporcionado una satisfacción desproporcionada que prefirió no analizar demasiado.

La tregua era incómoda, pero era funcional, y la funcionalidad era, en ese momento, lo más parecido a la paz que Valentina podía permitirse.

Cuando Máximo estaba en casa, se movían el uno alrededor del otro con la coreografía aprendida de los planetas en órbita: cerca, pero con la distancia exacta calculada para que la gravedad no se convirtiera en colisión. Él preguntaba si necesitaba algo con la misma neutralidad con que preguntaría a un cliente si el contrato estaba a su satisfacción. Ella respondía que no con la misma neutralidad con que firmaría ese contrato. Se decían buenas noches en el pasillo. Se decían buenos días en la cocina. Eran, objetivamente, las dos personas más educadas del edificio, y esa educación perfecta dolía de una manera que Valentina todavía no había encontrado cómo explicarle a Camila sin sonar completamente irracional.

Duele que me ignore bien, no era una frase que pudiera pronunciarse en voz alta sin perder cierta cantidad de dignidad.

El mensaje de Rodrigo llegó un martes, a las once y diecisiete de la mañana, mientras Valentina estaba terminando el tercer intento de un isologo para un cliente de Guadalajara que no sabía lo que quería pero lo sabría cuando lo viera.

La vibración del teléfono sobre la mesa de madera fue un sonido completamente ordinario. El nombre en la pantalla no lo fue.

Rodrigo Cienfuegos.

Valentina dejó de respirar durante aproximadamente tres segundos. Después respiró, pero de una manera diferente a la de antes, más superficial, más cuidadosa, como si el aire también necesitara ser manejado con precaución.

Abrió el mensaje.

Necesito que sepas que lo siento.

Eso era todo. Once palabras, exactamente las mismas que el mensaje que le había destruido la tarde de su boda, como si Rodrigo Cienfuegos tuviera una economía del lenguaje específicamente calibrada para hacer el máximo daño con el mínimo esfuerzo. Sin explicación. Sin contexto. Sin la más mínima información sobre dónde estaba, por qué se había ido, qué significaba exactamente lo que sentía, o si ese lo siento era el preámbulo de algo o simplemente el capítulo final de una historia que ya había terminado sin que ella pudiera votar al respecto.

No respondió.

No porque no tuviera nada que decir —tenía aproximadamente cuatro páginas de cosas que decir, organizadas por orden de urgencia emocional—, sino porque su mano derecha se había detenido sobre la pantalla y su cerebro se había negado a completar el circuito. Se quedó sentada frente a la tableta, con el teléfono en la mano izquierda, mirando el nombre de Rodrigo como si fuera un objeto encontrado en el fondo del mar cuya función ya no recordaba.

No oyó entrar a Máximo.

Lo notó, en cambio, cuando la presencia de él modificó el aire del departamento de la manera que ya había aprendido a reconocer durante esa semana: una especie de densidad diferente, una reconfiguración del silencio. Levantó la vista y lo encontró en el umbral de la cocina, con el saco ya doblado sobre el brazo, mirándola con esa expresión que no revelaba nada y que sin embargo, en ese momento, no era la misma expresión de siempre.

Máximo vio el teléfono. Vio la manera en que ella lo sostenía. No preguntó nada.

Se giró hacia la cafetera con los movimientos precisos y económicos de siempre, y durante los dos minutos siguientes el único sonido en el departamento fue el del café cayendo sobre el filtro y el de la ciudad, dieciocho pisos más abajo, haciendo su ruido de fondo permanente. Después, Máximo tomó dos tazas del armario, sirvió el café en ambas, abrió el segundo cajón de la derecha —el que estaba detrás de las especias, el que Valentina había encontrado en su segunda mañana ahí—, y puso azúcar en una de las tazas.

La colocó frente a ella sobre la mesa, sin decir nada. Se llevó la suya hacia el ventanal, de espaldas a Valentina, y se quedó mirando la ciudad con las manos alrededor de la taza caliente.

Valentina bajó los ojos hacia el café.

El azúcar estaba disuelto, porque él había revuelto la taza antes de servirla, y eso significaba que en algún momento de esa semana de silencios perfectamente educados, Máximo Cienfuegos había notado que ella tomaba el café con azúcar. Lo había notado y lo había archivado en algún lugar de ese cerebro suyo que procesaba todo como información útil, y ahora lo había usado sin anunciarlo, sin señalarlo, sin convertirlo en un gesto que requiriera gratitud o reconocimiento.

Valentina lo miró a la espalda, a la línea de sus hombros contra la luz de la tarde, y por primera vez en una semana, no vio el contrato. Vio a un hombre. Un hombre complicado e impenetrable que ponía azúcar en el café de alguien a quien oficialmente estaba ignorando, y esa contradicción, pequeña y completamente doméstica, se asentó en el centro de su pecho como algo que tendría que desalojar más tarde, cuando estuviera sola.

Tomó el café.

Después habló.

—¿Sabías que Rodrigo iba a huir?

La pregunta salió con más calma de la que había ensayado, sin el temblor que había sentido mientras la formulaba en su cabeza durante los últimos cuatro días. Máximo no se movió del ventanal. No se giró.

El silencio duró dos segundos.

Dos segundos exactos, que Valentina contó con la precisión de quien sabe que lo que ocurra en ese intervalo va a importar más que cualquier cosa que venga después.

Máximo no dijo que no.

No dijo nada.

Y ese silencio, esa pausa de dos segundos donde debería haber habido una negación inmediata y contundente, fue más elocuente que cualquier confesión que él pudiera haber hecho. Fue como ver una fractura aparecer en una pared que parecía sólida: no el derrumbe todavía, sino la línea fina y perfecta que anuncia que el derrumbe es posible.

Valentina recogió su taza de café de la mesa con una lentitud que era puro control, porque si no controlaba la velocidad de sus movimientos en ese momento iba a perder el control de todo lo demás. Se puso de pie. Lo miró a los ojos, a esos ojos oscuros que seguían sin revelar nada y que al mismo tiempo acababan de revelar todo.

—Si supiste algo —dijo, con una voz que era baja y firme y completamente irrevocable—, y no me avisaste, este matrimonio terminó antes de empezar.

Máximo la sostuvo con la mirada.

En su rostro no había culpa, no había disculpa, no había ninguna de las expresiones que Valentina habría sabido cómo leer y cómo responder. Solo había algo muy antiguo y muy pesado que ella ya había visto una vez a las tres de la mañana, sobre sus planos de trabajo, y que ahora volvía a estar ahí, más visible, más real, más imposible de ignorar que nunca.

No dijo nada.

Valentina esperó cinco segundos más, por si acaso. Después dejó la taza sobre la barra con un sonido que era perfectamente controlado y perfectamente definitivo, tomó su teléfono de la mesa, y se fue hacia su habitación sin apresurarse, porque la dignidad era lo último que le quedaba intacto y no tenía ninguna intención de soltarlo.

La puerta se cerró detrás de ella.

En el salón, Máximo permaneció junto al ventanal con su taza de café ya fría entre las manos, mirando la ciudad que seguía iluminándose debajo de él con su indiferencia habitual, y apretó los labios sobre algo que podría haber sido una respuesta y que eligió, una vez más, no convertir en palabras.

Pero esta vez, por primera vez desde que esa mujer había entrado a su departamento con una maleta de emergencia y cuatro páginas de protocolo, la elección le costó algo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP