El penthouse de Máximo Cienfuegos ocupaba el piso diecinueve de un edificio de Polanco que tenía el tipo de fachada que no necesitaba anunciarse porque ya lo decía todo con su silencio: los ventanales de piso a techo, el mármol de la entrada, el portero que abrió la puerta del auto antes de que Valentina tuviera tiempo de buscar la manija. Era el tipo de lugar que en otras circunstancias le habría arrancado una exclamación de asombro. En estas circunstancias, mientras cruzaba el vestíbulo con una maleta de ruedas que Camila había llenado en veinte minutos con una lógica completamente propia —cuatro vestidos, cero pijamas, un libro que Valentina no había pedido y dos pares de aretes que definitivamente no necesitaba—, solo pudo pensar que todo aquel mármol frío y toda aquella luz calculada se parecían demasiado a su nuevo marido.Máximo entró detrás de ella sin decir nada, dejó su saco sobre el respaldo de una silla con el automatismo de quien lleva años haciendo el mismo movimiento, y
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