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La primera mañana de su matrimonio, Valentina Cisneros descubrió tres cosas sobre Máximo Cienfuegos que no figuraban en ninguna de las cuatro páginas del protocolo de convivencia.

La primera: que se levantaba a las cinco y media de la mañana con la puntualidad silenciosa de alguien que ha convertido la disciplina en un idioma propio. La segunda: que hacía café para dos sin preguntar, lo cual era un gesto que en cualquier otra circunstancia habría resultado considerado, pero que en el contexto de esa mañana, con el sol apenas asomando sobre los rascacielos de Polanco y Valentina de pie en la cocina con el cabello revuelto y los ojos todavía negociando con la vigilia, resultaba más bien una declaración de poder. La tercera, y esta fue la que más le irritó: que su manera de ignorarla era tan perfectamente educada que resultaba imposible quejarse de ella sin quedar como una lunática.

El café estaba sobre la barra, humeante y negro como la conciencia de alguien que no ha dormido, junto a una taza limpia colocada del lado correcto del asa. Sin azúcar. Sin leche. Sin ninguna de las dos cosas que Valentina necesitaba para que el café le supiera a algo que no fuera castigo matutino.

Máximo ya no estaba. Había salido a correr, determinó ella por los audífonos y la ropa deportiva que ya no colgaban de la percha junto a la entrada, y lo había hecho con la misma eficiencia invisible con que hacía todo lo demás: sin ruido, sin anuncio, sin dejarle la oportunidad de ignorarlo primero.

Valentina se bebió el café negro porque no encontró el azúcar en ninguno de los quince cajones de la cocina de diseño, y porque preguntar dónde estaba cuando él volviera habría sido admitir una derrota demasiado pequeña y demasiado humillante para el segundo día de su vida como mujer casada.

Máximo regresó a las siete en punto, con el tipo de respiración controlada de quien ha corrido diez kilómetros y no tiene ninguna intención de que se le note. Pasó por la cocina sin detenerse, vio la taza vacía junto al fregadero, y algo en su expresión —algo tan leve que Valentina, que lo estaba observando con el fingido interés de quien revisa su teléfono, casi se lo perdió— se suavizó un milímetro.

—Esta noche hay un evento —dijo, abriéndose paso hacia el pasillo sin voltearse—. Presentación de un proyecto de inversión. Tenemos que estar ahí a las ocho.

Valentina bajó el teléfono.

—¿Esta noche?

—Somos recién casados —dijo él, con una neutralidad que hacía que esa frase sonara como un diagnóstico médico—. Nuestra presencia es necesaria.

Desapareció hacia su habitación antes de que ella pudiera responder, y regresó tres minutos después, ya duchado, ya vestido, ya perfectamente ensamblado en su versión pública, con un sobre que depositó sobre la barra junto a la cafetera.

—Hay una boutique en Presidente Masaryk. La tarjeta tiene límite suficiente. —Tomó su maletín sin mirarla—. No llegues tarde.

La puerta del departamento se cerró detrás de él con ese mismo sonido suave y definitivo que Valentina ya estaba empezando a reconocer como su firma particular, y ella se quedó mirando el sobre durante un tiempo que no supo medir, con la sensación específica de quien acaba de recibir una limosna envuelta en cortesía y no sabe si agradecerla u ofenderse.

Se ofendió. Era más honesto.

Camila llegó cuarenta minutos después con dos cafés de una cadena de especialidad, uno con triple azúcar y nombre escrito en el vaso, y con la energía de alguien que ha procesado el trauma ajeno durante toda la noche y ha llegado a la conclusión de que lo mejor que puede hacer es aparecer.

—Cuéntame todo —dijo, entregándole el café con el nombre correcto y sentándose sobre la barra de la cocina como si el departamento de diseño de diecinueve pisos fuera su propio living.

—No hay nada que contar —respondió Valentina, que ya estaba abriéndose el segundo café del día con el alivio físico de quien por fin respira.

—Val. —Camila la miró con esa paciencia específica de las hermanas menores que han aprendido exactamente cuándo insistir—. Te casaste ayer con el hermano equivocado. Hay muchísimas cosas que contar.

El boutique de Presidente Masaryk tenía ese tipo de silencio reverencial que tienen los lugares donde la ropa no tiene precio visible porque si tienes que preguntar, ya perdiste. La vendedora las recibió con una sonrisa entrenada para no revelar nada, y Valentina se paró frente al espejo de tres cuerpos con un vestido de seda azul marino que le quedaba como si lo hubieran hecho para ella, mientras Camila inspeccionaba la boutique con la metodología de un arqueólogo en campo.

—¿Y cómo está siendo? —preguntó Camila desde algún rincón, con la voz de quien está fingiendo que la pregunta es casual—. Vivir con alguien que ni siquiera sabe cuál es tu color favorito.

Valentina miró su propio reflejo durante un segundo demasiado largo.

—Es un acuerdo —dijo finalmente—. No necesita saber mi color favorito.

—El azul —dijo Camila, reapareciendo detrás de ella en el espejo—. Tu color favorito es el azul, y ese vestido te lo está gritando. Llévatelo.

Valentina se llevó el vestido. No dijo nada más sobre Máximo. Pero cuando salió del boutique con la bolsa en la mano y el peso de la tarjeta ajena todavía en el bolsillo, tuvo que reconocer, al menos ante sí misma, que la humillación no estaba en que él le hubiera dado dinero. La humillación estaba en que el gesto había sido tan eficiente, tan limpio, tan desprovisto de cualquier emoción que hubiera hecho posible rechazarlo con dignidad.

Era imposible pelearse con alguien que nunca cometía errores visibles.

El evento era en el piso treinta y dos de una torre de Santa Fe que tenía vistas a toda la ciudad y un catering que costaba más por cabeza que el salario mensual de Valentina. Había arquitectos, había inversionistas, había mujeres con vestidos que tampoco tenían precio visible y sonrisas que sí lo tenían, y había, en el centro de todo aquello, Máximo Cienfuegos recibiendo a los invitados con esa gravedad natural suya que hacía que la gente se inclinara levemente hacia él cuando hablaba, como si sus palabras tuvieran un campo gravitacional propio.

Valentina llegó puntual. Él la vio cruzar la entrada y algo en su mirada se detuvo un instante sobre el vestido azul marino antes de volver a la conversación que estaba sosteniendo, y ese instante fue tan breve y tan elocuente que Valentina decidió que no había ocurrido.

Se acercó a él. Máximo le puso una mano en la espalda baja para guiarla hacia el grupo de invitados, un gesto automático, casi protocolar, del tipo que los hombres hacen sin pensar cuando acompañan a alguien en un espacio lleno de gente.

El calor de su palma a través de la seda llegó a Valentina como algo completamente inesperado, como si su cuerpo hubiera olvidado que estaban ahí y el contacto lo hubiera recordado de golpe. Caminó hacia adelante con una sonrisa perfecta instalada en su rostro y la sensación de que le estaba traicionando algo que todavía no sabía que tenía.

No es nada, se dijo, con la misma convicción con que se había dicho lo mismo después del beso de dos segundos en la iglesia, y con el mismo resultado nulo.

La actuación fue impecable. Valentina sonrió en los momentos correctos, respondió las preguntas sobre la boda con la versión acordada —fue algo íntimo, así lo quisimos— y sostuvo el papel de esposa reciente con una facilidad que la inquietó un poco, porque resultaba demasiado sencillo fingir algo que se sentía tan extrañamente parecido a lo real.

Fue hacia el final de la noche cuando una mujer de cabello plateado y pendientes de brillantes, la esposa de uno de los socios de Máximo, se inclinó hacia Valentina con esa familiaridad levemente invasiva de quien ha bebido dos copas de vino blanco y ha decidido que son amigas.

—¿Y el hermano de Máximo? ¿Rodrigo? —preguntó, con una sonrisa completamente inocente—. Qué chico tan encantador. ¿Sigue viviendo en el extranjero?

El nombre cayó en el espacio entre ellas como un objeto pesado sobre una superficie de vidrio.

Valentina abrió la boca para responder, pero no fue su voz lo que oyó primero.

Fue un sonido muy leve, casi inaudible, que venía desde su izquierda: el sonido de algo que se tensa demasiado. Se giró apenas, lo suficiente para ver la mano de Máximo sobre su copa de champán, y los nudillos de esa mano, que un momento antes eran del color normal de la piel, eran ahora completamente blancos.

Él estaba mirando hacia otro lado. Su rostro no había cambiado. Seguía sosteniendo la conversación que tenía a su derecha con la misma ecuanimidad de siempre, y sin embargo, su mano sobre la copa de cristal hablaba un idioma completamente diferente, un idioma que decía esto me importa más de lo que voy a admitir jamás, un idioma que decía hay algo sobre mi hermano que yo sé y que no he contado.

Valentina respondió a la mujer de los brillantes con alguna frase que después no supo recordar.

Y mientras lo hacía, sintió que el suelo de lo que creía entender de ese matrimonio, de ese hombre, de esa historia que apenas comenzaba, se desplazaba apenas debajo de sus pies, como la tierra antes de un temblor que todavía no ha llegado pero que ya se está anunciando.

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