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La Torre Alcázar nunca había parecido tan frágil como en ese momento, cuando el peso de once años de construcción empresarial amenazaba con colapsar bajo el escrutinio implacable de una auditoría que había sido diseñada específicamente para destruir. Sebastián permanecía de pie en la sala de juntas del piso cuarenta y dos, observando a los cuatro miembros restantes del consejo directivo—los que no lo habían traicionado, o al menos no todavía—con una expresión que mezclaba agotamiento y determina