El aire en el cuarto estaba espeso, como si cada rincón estuviera cargado de deseo puro, de esas cosas que no se dicen pero se sienten en los huesos. Vaelior se acercó a Zaelith, las manos clavadas en su cintura, apretándola con una fuerza que decía que no había nadie más en el mundo. Sus ojos no eran solo intensos; eran un incendio, algo que había estado creciendo en su cabeza durante demasiado tiempo, algo que no podía —ni quería— apagar.
Zaelith lo miró con una sonrisa que era puro desafío,