—Ahora, repite tus malditas palabras. Di que nunca tendrás sexo conmigo —me dijo Gerard al oído, deslizando una mano hasta mi cuello.
Cerró los dedos cuidadosamente en torno a mi garganta, ejerciendo la suficiente presión para hacerme jadear.
—Dilo, patinadora —me instó cambiando su tono a uno más serio—. Dime lo que dijiste hace unos momentos. Repíteme esa basura de que nunca pondrías tus ojos en alguien inferior como yo.
Cualquier rastro del placer que estaba teniendo, desapareció mientras