Apunté mi rifle a la cabeza de mi marido y apoyé el pulgar en el gatillo. Sostuve el aliento, viéndolo reír y fruncir el ceño en señal de concentración, mientras él y Marcos apuntaban sus armas a la bandada de aves en el cielo, volando por encima de las copas de los pinos.
Estábamos lejos de la fiesta, su equipo bebía y comía sin percatarse que nos habíamos ido, y Marcos estaba tan ebrio que no sabría ni qué ocurrió. Solo debía concentrarme y acabarlo allí mismo.
Entrecerré un ojo, mirando por