Elena no sabía cuándo había llegado Adrián ni cuánto había escuchado.
Qué más daba. ¿Qué cambiaba si lo había oído?
Apartó la mirada y se dirigió hacia el interior, pero él la sujetó de la muñeca.
Adrián tenía la mirada baja y no dejaba ver lo que sentía.
Aun así, Elena sabía que estaba de muy mal humor.
Adrián preguntó con voz muy ronca:
—¿De verdad piensas lo que acabas de decir?
Ella miró al frente con una calma absoluta.
—Sí. Lo dije de corazón.
—Elena.
La presión en su muñeca aumentó.
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