Casa Salazar.
En cuanto Santina llegó, Juan la llamó al estudio.
La luz estaba encendida. Él practicaba caligrafía con una pluma.
Entre los muebles de madera oscura y la noche al otro lado de la ventana, el ambiente resultaba opresivo.
Al verla entrar, señaló una caja de regalo sobre el escritorio.
—Ábrela.
Santina se acercó despacio.
Dentro había un vestido de gala color champaña, sin tirantes. Los diamantes brillaban bajo la luz.
Miró a Juan, insegura.
—¿Esto es para...?
Él no alzó la vista.