Elena frunció el ceño e intentó apartar a Adrián con todas sus fuerzas, pero él se negaba a soltarla.
—Suéltame.
La voz de Adrián salió ronca, quebrada por el llanto.
—No. Si te suelto, nunca vas a volver.
—Te lo repito. Suéltame.
Elena mantuvo el rostro severo mientras forcejeaban, hasta que se le agotó la paciencia.
Sacó de la bolsa unas tijeras pequeñas y afiladas para cortar tela y se las clavó en el brazo.
Adrián soltó un gemido por el dolor.
Apretó los dientes y la miró, pero no la soltó.