La arrastró por el corredor; la luz cambiaba, los rostros de los hombres que cuidaban aquel lugar parecían tener sus rostros duros como el hierro. Ella miró una última vez el sótano: Mert temblaba en la silla, los ojos fijos en ella, sin poder decir nada. En la piel de Aysun se dibujó una certeza terrible: aquel no era un traslado para reparar una ofensa. Era un juicio cuyo veredicto él ya había decidido pronunciar.
El viaje hasta el vehículo fue frío y silencioso. Aysun clavó los dedos en su b