Quería vivir así sus últimos días.
Patricia notó rápidamente que algo andaba mal con Fabiola y tomó su mano: —Por supuesto, no hay problema. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, vamos.
Ambas se subieron al coche.
Patricia conducía muy despacio, volteando de vez en cuando para mirar a Fabiola.
Fabiola miraba por la ventana, con una expresión vacía, como una muñeca de porcelana rota.
Eso hizo que Patricia sintiera una tristeza inexplicable.
—Querida, ¿por qué tu padre te buscaba con tanta u