En un estado entre sueño y vigilia, Fabiola sintió que no estaba acostada en la cama, sino en un mar de flores suaves.
En ese mar de flores, podía oler la fragancia de varias especies.
Finalmente, despertó y tocó con sus dedos la barbilla de Benedicto.
Él inclinó ligeramente la cabeza y besó la punta de sus dedos: —¿Estás bien?
Fabiola respondió: —Solo tengo hambre.
Benedicto sonrió levemente: —Le pediré a Sergio que traiga algo de comida.
—¿A esta hora? ¿No habrá terminado su turno?
—No —Benedi