36.
—Hacia la ciudad, por favor.
—Entendido señorita.
El auto comienza a moverse. Evito gemir cuando una punzada me atraviesa el pecho. Me encorvo, él chofer me mira de reojo.
— ¿Se encuentra bien?
—Sí...— murmuro casi sin aire.
El asiento que tengo en frente se empieza a desvanecer, cuando parpadeo mi vista se enfoca un poco más.
<
>Me encorvo cuando otra punzada me atraviesa la espalda. Muerdo mi labio h