Natan dejó el celular boca abajo y agarró la servilleta con fuerza innecesaria, alisándola como si pudiera arrancar la rabia con las puntas de los dedos.
Al otro lado del salón, una pareja reía por algo que compartían en un teléfono.
Natan los miró, y la escena solo lo irritó más.
Eso era.
Ella debía estar con otro.
La única explicación para tanta firmeza, para ese tono de madurez forzada, era que alguien nuevo había entrado en la historia.
Y ahora ella se creía superior por haber “seguido adel