Punto de vista de Sienna
Las horas en la sala de espera se habían convertido en una tortura lenta, Maya y mi madre estaban sentadas a mi lado, sosteniéndome las manos, mientras yo mantenía la vista fija en las malditas puertas del área de quirófanos.
No había comido, no había tomado agua, solo podía rezar, suplicando al cielo que las dos mitades de mi corazón salieran vivas de esa plancha de acero.
De repente, las puertas se abrieron, me levanté de un salto.
El doctor Mendoza y el doctor Vargas