100• No lo vamos a dejar ganar.
El teléfono vibró dentro de mi bolso. Ese sonido tan simple bastó para tensar cada músculo de mi cuerpo. Lo saqué sin pensarlo y, al ver el nombre iluminando la pantalla, sentí cómo el pecho se me cerraba.
Richard.
Mi primer impulso fue contestar. El segundo, más visceral, fue huir de su voz. De sus preguntas.
De la obligación de decirle dónde estaba… y con quién.
Tragué saliva, bajé la mirada y la dirigí hacia Elliot, luego hacia Edgar. No dije una sola palabra. Solo volví a guardar el teléfono, como si esconderlo pudiera detener todo lo que venía detrás de ese nombre.
Elliot me observaba desde la cama. Sus ojos, cansados y ligeramente vidriosos, parecían intentar leerme entera. No dijo nada al principio, pero ese silencio pesaba más que cualquier reprimenda.
—No lo apartes de tu lado por mí —murmuró Elliot, apretando los dientes cuando un espasmo de dolor le recorrió el cuerpo—. Está preocupado por ustedes dos. Y con razón.
No respondí. No podía. Todo dentro de mí era un torbellino