La mañana siguiente comenzó como cualquier otra en el Rancho Blackwell, Tony se dirigió a la cocina, anticipando el aroma del café recién hecho y los huevos rancheros que su madre, Guadalupe, preparaba cada mañana. Sin embargo, al entrar, se encontró con una escena que le heló la sangre.
Guadalupe estaba de pie frente a la estufa, una mano apoyada en el mostrador y la otra sosteniendo un trapo contra su nariz. El trapo, que solía ser blanco, estaba teñido de rojo.
— ¡Amá! —gritó Tony, corriendo