El instinto maternal de Guadalupe, más certero que un detector de mentiras y más rápido que un caballo desbocado, detectó inmediatamente que algo no andaba bien con su hijo al observarlo parado en la puerta mirandolas.
Los ojos cansados de Guadalupe, rodeados de profundas ojeras por la enfermedad, se clavaron en Tony como dos flechas, a pesar de su estado, seguía teniendo esa mirada que podía leer el alma de su hijo como si fuera un libro abierto.
— ¿Qué haces ahí parado en la puerta, m'hijo? —