Narrado por Liam Donovan
Eran las dos de la mañana. La habitación de Emma estaba sumergida en esa penumbra azulada que solo la luna de Amalfi sabe proyectar. Yo estaba sentado en el mecedor de madera, observando el pecho de mi hija subir y bajar rítmicamente. Emma, con sus rasgos de marine en miniatura, dormía con una seriedad que me hacía sospechar que estaba soñando con tácticas de combate.
El silencio era perfecto. Una victoria operativa en toda regla.
Sin embargo, la puerta se abrió con un