Narrado por Liam Donovan
El día 30 llegó con un sol inusualmente brillante para el invierno londinense. Me sentía como un cable de alta tensión a punto de romperse; cada músculo de mi cuerpo estaba en un estado de alerta que ni siquiera la guerra había logrado provocar. Durante un mes, había sido el monje perfecto, el soldado disciplinado, el hombre que miraba fotos prohibidas a medianoche y se castigaba con tres horas de gimnasio para no volverse loco. Pero hoy, el cronómetro llegaba a cero.