La señora Castillo se sintió evidentemente complacida por su extravagante, pero obviamente sincero elogio de su cocina.
—Soy muy afortunada, porque a todos mis hijos, los he enseñado a cocinar.
—Bueno, espero que algún día me enseñe a mí también, hasta ahora solo me considero ayudante de cocina. Experiencia que obtuve cuando su hija me obligaba a cortar cebolla, ajo y perejil.—le dijo divertido.
Daniela se sonrió.
—Te advierto algo, las mujeres de esta familia cuando se adueñan de la cocina