La puerta de la mansión se abrió de par en par cuando el auto llegó al jardín principal. Una estampida de risas y pasitos descalzos cruzó la entrada como si alguien hubiese soltado a una camada de cachorros.
—¡MAMÁÁÁÁÁ! —gritó Marco, lanzándose en carrera, mientras los mellizos, Fiorella y Alessandro, le seguían como dos cohetes sin frenos.
—¡Mamá, mamá, mamá! —Fiorella venía agitando los brazos, con una tiara de flores mal acomodada en la cabeza y los labios pintados con lo que parecía ser mar