Su pulgar trazó su labio inferior. Una vez. Dos veces.
El corazón de Leighton latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Sentirlo. La luz de las velas hacía sus ojos más oscuros, imposibles de leer. Pero el calor en ellos era inconfundible.
Él se inclinó hacia adelante. Despacio. Dándole tiempo para apartarse.
Ella no se movió. No respiró.
Su frente tocó la de ella. Sus narices se rozaron. Podía sentir su aliento en los labios, cálido y con un leve olor a vino. Un centímetro