Punto de vista de Laila
Sobreviví al día.
Pero en cuanto entro en mi apartamento, el silencio me golpea como un peso físico. La puerta se cierra con un clic tras mí y me apoyo en ella un segundo, intentando calmar mis manos temblorosas.
El pasillo está tenuemente iluminado; se supone que el olor familiar de casa es reconfortante, pero esta noche se siente extraño, casi frío.
Tiro mi bolso al sofá, sin apenas notar que cae en un montón.
Mis dedos forcejean con mi teléfono y reviso los mensajes sin enviar, sin responder y ya leídos.
Las palabras que he escrito una docena de veces esta tarde arden en el cuadro de texto. Miro fijamente el último mensaje sin enviar:
"Por favor. ¿Podemos hablar? Lo siento. Te quiero."
Cada vez que intento enviar, mi pulgar se queda suspendido, temblando.
Finalmente, lo pulso y me quedo mirando el pequeño icono de "entregado", deseando que responda, que me conteste, que diga lo que sea.
Pasan los minutos. El silencio es opresivo. Siento una opresión en el p