Grace
No sé en qué momento pasamos de una copa… a tres, o cinco, quizás seis.
La sala de cata estaba tibia, cómoda, casi como una trampa suave. Stefano tenía ese tipo de voz que acompaña bien el vino: pausada, grave, con una risa fácil que se colaba entre sus palabras como si fuéramos viejos amigos. Yo solo quería probar, ser educada… pero el Gran Langford Reserva tenía esa maldita cualidad de no saber a alcohol, sino a terciopelo con memoria.
—Esto es peligroso —le dije, alzando la copa vacía—