El despacho de la mansión Roberto estaba sumido en una penumbra pesada. Sobre la mesa de nogal, iluminada apenas por la luz fría de una lámpara de escritorio, yacía un sobre de manila abierto.
Doña Elena, con una elegancia impecable, pero con las facciones rígidas como el mármol, iba deslizando una a una las fotografías en alta resolución que el investigador privado le había enviado directamente desde Colombia. El hombre misterioso había hecho un trabajo quirúrgico.
La primera imagen mostraba a