Reinhardt lo observaba con una mirada gélida, cargada de muerte. Su determinación para aniquilar era absoluta. No existía en su interior el más mínimo atisbo de compasión. Sabía que lo que sentía no podía ser reprimido, que si no lo destrozaba ahí mismo no volvería a dormir tranquilo jamás. Toda la furia, todo el veneno que Zaid había vertido sobre Jordan debía pagarse con sangre. No lo iba a dejar ir, no esta vez. Reinhardt estaba decidido a matarlo ese mismo día, sin demora. Si no lo hacía, j