C198: Una mujer hermosa.
Había alguien en la habitación de Reinhardt. Estaba sentada en el borde de su cama, de espaldas, como una escultura olvidada por un dios distraído. La silueta se dibujaba con suavidad. Los hombros —tan frágiles, tan perfectos— emergían del vestido como los pétalos de una flor que se atreve a abrirse en la noche. La espalda se curvaba con la gracia de un suspiro, y sobre ella caía el cabello oscuro, que empezaba a crecer cada vez más, como tinta derramada sobre seda.
Pero lo que lo desarmó no fu