El hombre se retiró sin protestar, tragándose su incomodidad y fingiendo orgullo mientras se alejaba entre la música y el humo del salón. Jordan lo observó por un instante, pero su atención pronto volvió a Reinhardt.
No podía evitarlo. Allí estaba él, de pie como una estatua viviente, un monumento a la virilidad misma. Reinhardt tenía esa clase de presencia que hacía temblar el ambiente a su alrededor, una belleza ruda, feroz, casi mítica. Era imposible ignorarlo. Parecía esculpido por manos di