Jordan sintió cómo las palabras le subían por la garganta. Aunque dudó y quiso permanecer en silencio, algo más fuerte la impulsó a hablar.
—Reinhardt, yo...
Pero no pudo terminar.
—Cállate —la voz grave de él la atravesó antes, autoritaria.
No necesitó gritar. No necesitó levantar siquiera el tono. Aquella orden, dicha en un tono bajo y frío, cayó sobre Jordan como una sentencia inapelable, cerrándole la boca antes de que pudiera siquiera formar otra sílaba.
Por instinto, ella obedeció. No rec