La caída había sido brutal. Jordan, luchando por recobrar el control de su cuerpo adolorido, se arrastró hacia Reinhardt, que yacía medio inconsciente sobre la tierra. Cada movimiento era un dolor agudo y cada respiración un recordatorio de la fuerza con la que habían golpeado el suelo. Con manos temblorosas, Jordan sacudió a Reinhardt, casi como si lo estuviera implorando,
—¡Reinhardt, por favor, despierta! ¡No podemos quedarnos aquí! —articuló.
Reinhardt, con los ojos entreabiertos, apenas pu