Reinhardt no respondió. Su silencio no fue una pausa deliberada ni una forma de eludir la conversación, sino que fue un reflejo de algo más profundo. Porque la verdad era evidente, y aunque Jordan parecía incapaz de verlo con claridad, él lo sabía. Reinhardt era obsesivo, y además, muy posesivo. Precisamente, era lo que experimentaba con Jordan, pero no quería admitirlo a viva voz.
No quería dejarlo ir. No podía. Y el no poder hacerlo lo enfurecía, porque Reinhardt nunca había sido un hombre de