El tiempo pareció detenerse en ese instante. El olor a gasolina y a metal quemado impregnaba el aire, y el leve crepitar de las llamas rompía la sofocante quietud. Reinhardt sintió un hilo de sangre descender desde su mandíbula hasta su frente, pero lo ignoró. Su atención estaba puesta en el cuerpo inmóvil a su lado.
—Hey, campesino.
No obtuvo respuesta.
El pánico irrumpió en su pecho con una brutalidad que no se permitía sentir. Su mano se deslizó por el asiento, palpando hasta encontrar el br