—¿Qué te hice? —susurró Sev, con el rostro completamente pálido y la palma quemada palpitando al ritmo de su corazón desbocado—. ¿Qué deuda te debo que ni siquiera conozco?
La expresión de Helios no cambió ni un ápice. Ni rabia. Ni diversión. Solo ese mismo frío eterno y congelado mientras miraba al chico arrodillado a sus pies como si fuera una simple mancha en el suelo de mármol.
Soltó la muñeca de Sev y observó con indiferencia cómo la mano del chico caía flácida al suelo, temblando demasiad