—¡INÚTIL!
El rugido de don Silvio hizo temblar las arañas de cristal. La rabia le deformaba el rostro, con las venas marcadas en las sienes y el grueso cuello.
—¿Qué demonios han estado haciendo tú y esa prometida tuya? ¿Cómo permitiste que nuestra empresa se fuera a la ruina mientras tú andabas persiguiendo escándalos? —Sus ojos se abultaron tanto que parecían a punto de salirse de las órbitas.
Sev estaba arrodillado sobre el frío mármol del gran vestíbulo, con la cabeza gacha. No se atrevía