El grito de Riva atravesó el silencio de la mansión Morenzo como un cuchillo.
Sev dio un respingo y se giró. Su prometida estaba encorvada sobre su teléfono nuevo, golpeando la pantalla con tanta fuerza que el pulgar le temblaba. Se estaba desmoronando a toda velocidad: ojeras profundas bajo los ojos enrojecidos y ni ruegos ni sobornos habían conseguido recuperar sus cuentas borradas.
—¿Otro problema? —preguntó él, frunciendo el ceño mientras sentía el familiar latido de un dolor de cabeza