—Es cierto— volvió a hablar, pero esta vez lo afirmó; la vio levantarse y girarse, ella le sostuvo la mirada y luego de un par de segundos, desvió la misma —¡Ah!¡Maldita sea, Regina! — alzó la voz sin controlarse y golpeó una silla cercana a él, y que, al chocar contra la mesa, hizo temblar y caer un elegante florero sobre la misma.
Regina cerró los ojos y su cuerpo tembló ante el estallido de furia… se molestó.
—¿Por qué? ¿Por qué demonios, Regina? — volvió a reprochar el joven.
Ya se había he